domingo, 4 de marzo de 2018

Picón del Cura.



Como ya sabemos, la denominación de los sitios o lugares suele esconder un porqué, una historia que por desgracia, se pierde en la noche de los tiempos. Así por ejemplo descubrimos que, gracias a unas canalizaciones eléctricas,  el Cerro de Valdemahoma esconde un asentamiento musulmán de la Alta Edad Media. O que las Eras de Chambery, que hoy están edificadas y sólo se conserva una calle con ese nombre, se debe a un asentamiento estable del Cuerpo de Dragones de la caballería francesa durante la Guerra de Independencia, como hemos podido averiguar recientemente gracias a un libro editado en Francia. Sin embargo hay un sitio en Paracuellos, probablemente el más popular, que todos los vecinos conocen y por el que se conoce a este pueblo allende nuestras fronteras, que se llama El Picón del Cura (un bonito nombre que sin embargo nuestros políticos municipales se empeñan en cambiar por el del “Balcón de Madrid” más vendible para el turismo que nos visita) y que se nos resiste. Nadie, ni los más viejos del lugar, son capaces de decirnos el porqué de este original nombre. 



Pero como el mundo es una sucesión de casualidades, hace unos pocos de días volvimos a retomar la pregunta. Y para nuestra sorpresa, uno de nuestros amigos sabía algo; por lo visto un tío suyo le contó hace muchos años una historia de un cura que era torero y que el obispo al enterarse le excomulgó. Y por ello pasaba largos ratos en ese pico, que por aquel entonces estaba lo suficientemente alejado del núcleo urbano, para reflexionar o lamentarse de su mala suerte. Enseguida se nos encendió la luz y enlazamos esta historia oral con la recogida en 1860 por el autor costumbrista D. Antonio de Trueba, que está incluida en el libro de Historias de Paracuellos.

El escritor D. Antonio María de Trueba y de la Quintana nació en la localidad vizcaína de Galdames el 24 de diciembre de 1819. Era hijo de campesinos muy pobres, su vocación literaria se despertó con los romances de ciego que le traía su padre cuando venía de visitar una feria. Tuvo que abandonar pronto la escuela para trabajar la tierra y el mineral de las minas de Las Encartaciones, su lugar natal. Cuando contaba quince años (1834) marchó a Madrid para evitar la primera Guerra Carlista; allí se empleó en la ferretería de un tío suyo y robó tiempo al sueño instruyéndose de forma autodidacta y leyendo autores románticos españoles.

En 1845 consiguió un puesto burocrático en el Ayuntamiento de Madrid y con ello logra más tiempo libre para consagrarse a la literatura. A partir de entonces, se dedicó a escribir y publicar libros. Uno de ellos titulado: “Cuentos campesinos “en 1860 en el que se dedicó a visitar los pueblos de los alrededores de Madrid para  recopilar historias, hechos, anécdotas, chascarrillos  que circulaban de tradición oral.  Como él mismo autor reconoce, de estas historias populares sacaba una historia en el que inventaba situaciones, personajes y diálogos para darle cuerpo y siempre con un final feliz y una moraleja. Por tanto, estamos ante  lo que en la actualidad sería una película “basada en hechos reales”.

La historia que recogió de nuestro pueblo está incluida en un capítulo bajo el nombre de: “El Cura de Paracuellos”. Es la historia de un chiquillo pobre que se llamaba Pepillo que se dedicaba a pastorear pero que siempre lo hacía con libros en la mano. Sin embargo lo que más le gustaba era torear:
“Tal afición fue tomando Pepillo al toreo, que dedicaba a él todos sus ratos de ocio, y, como su amo se lo permitiese, no perdía una corrida de novillos de las que se celebraban en los pueblos cercanos de Barajas, Ajalvir, Cobeña, Algete y otros, donde hacía prodigios con su destreza táurica”

 Un “Grande de España” los veía todos los días leyendo y se acercó para preguntarle si quería estudiar pues estaba dispuesto a pagarle los estudios. Pepillo le dijo que sí pero como quería tanto a su pueblo y no quería separase de él, decidió estudiar para cura y así poder ser el cura de su pueblo. Y después de algunos años consiguió su propósito. Sin embargo, ahora ya como Don José, su afición a los toros la siguió cultivando:

“El pueblo paracuellano veía por sus ojos, porque además de todas estas buenas cualidades, tenía otra que le enamoraba, y era la afición del señor cura al toreo y su pericia en capear, picar y poner un par de banderillas con el mayor salero al toro más bravo. Ya se sabía: todos los días, después de cumplir con los deberes de su sagrado ministerio, el señor D. José había de bajar a las praderas del Jarama a entretenerse un poquito capeando o poniendo un par de varas al toro de más empuje y bravura de cuantos allí pastaban”

Pero en una visita del señor Cardenal Arzobispo de la Diócesis, este se enteró de la afición que tenía y decidió “retirar la licencia para ejercer el misterio sacerdotal”; “Todo el pueblo se llenó de pena, y no se oían más que lloriqueos en las casas y en las Calles”.

El final feliz sucede cuando el señor Cardenal Arzobispo, que en días sucesivos había estado visitando los pueblos de la comarca, se dispone a abandonar el pueblo cuando uno de los toros de la Muñoza se arranca a embestirlo, pero  gracias a la pericia del cura de Paracuellos que lo acompaña, consigue con la capa del cardenal, librarlo de una trágica embestida.  EL Cardenal, en agradecimiento,  perdona al Cura pero con la promesa de que no volverá a torear.

Pero yendo a la raíz de la historia, el dato que nos ha de quedar del cuento de “El Cura de Paracuellos” es que sin lugar a dudas, no sabemos aún cuando ni en qué época (aunque sería interesante averiguarlo), en Paracuellos hubo un cura al que le gustaba torear. Y no sólo en su pueblo, sino en todas las ferias taurinas de la Comarca. Hecho que debió ser conocido por las autoridades eclesiásticas, lo que provocó su excomunión o al menos una amenaza de ello. Y eso provocó que se dedicara a reflexionar sobre todo esto dando lagos paseos por las cornisas y barrancos, sobre todo en un cerro que pasó a denominarse El Picón del Cura.


Sin embargo, A pesar de todo lo expuesto, debemos reconocer la fragilidad de este argumento pues no hay en las 15 páginas del cuento, una sola mención a este hecho. Por otro lado, tampoco el autor que visitó someramente nuestro pueblo, tiene por qué saber todos los detalles de esta historia y simplemente la ignoró. En cualquier caso, seguiremos abiertos a cualquier versión que los vecinos den.

El zocato.


Bibliografía:


- NÁJERA MARTÍNEZ, J.; YUSTE RICOTE, L. : Historias de Paracuellos de Jarama. (2016)

- ANTONIO DE TRUEBA: Cuentos Campesinos (1860)


jueves, 25 de enero de 2018

Eduardo Martínez Vázquez (1886-1971), el gran pintor olvidado que vivió en Paracuellos.



Cuando hacemos el monótono y diario gesto de  abrir un grifo para obtener el líquido elemento de forma instantánea, no somos conscientes de la enorme suerte que tenemos. Porque  el agua en los hogares de los vecinos de Paracuellos es, desde hace unas pocas de décadas, una novedad.  Sin embargo, un espléndido y soleado  9 de abril de 1908 tuvo lugar la inauguración de la fuente de la Salud o fuente Seca, como la conoce la mayoría de los vecinos en la actualidad. La importancia de esta fuente radica en que era la única en el municipio que por ruina natural había quedado inservible en 1904. Por eso, después de cuatro largos años sin fuente teniendo los vecinos la penosa tarea diaria de transportar el agua desde manantiales alejados del pueblo, fue un día de fiesta para todo el pueblo. La importancia del momento nos lo confirma que al acto acudió toda corporación municipal, del ingeniero del Estado con su ayunte, Ingeniero de esta corporación y Autoridades de orden judicial y Eclesiástico, Maestros de la Escuelas Municipales de ambos sexos al frente de su alumnos y gran número de personas, no sólo de esta villa sino de pueblos inmediatos.


Foto de la inauguración de la Fuente de la Salud ocurrida el 9 de abril de 1908. En primer tér­mino y pegada al caño del agua a Dª Consue­lo Meco Herranz, a su derecha D. Federico Meco y Moratilla, su padre y Alcalde, Dª Ángela Herranz Ahijón, mujer del Alcalde, y Dª Antonia Herranz Ahijón, hermana de Ángela y genero­sa donante de fondos. Del resto de personas, sólo podemos identificar al cura párroco D. Juan José Alegre, en el centro de la imagen.

Terminado el acto, todos los invitados se trasladaron a casa del señor alcalde Don José María Meco y Moratilla donde fue servido un espléndido banquete por cortesía de su mujer. En mitad del banquete se pronunciaron algunos discursos. Uno de ellos lo pronunció el joven artista Don Eduardo Martínez Vázquez, que lo hizo con sentidos versos. Esto que contamos está recogido en un acta de un pleno municipal posterior del 12 de abril. Pero como en tantos momentos de la historia, esto que contamos fue olvidado por completo. Hasta que en el libro de Historias de Paracuellos nos hicimos eco de ello aportando también documentos  gráficos del momento. Y por una cuestión de la ingente cantidad del contenido del libro, que abarca toda la historia de Paracuellos desde sus orígenes prehistóricos, el dato del autor de esos sentidos versos fue ignorado por los autores, pensando que tal vez fuera un poeta autodidacta de los muchos que florecen en los pueblos rurales. Sin embargo, pasado un año de su publicación, el nombre del autor fue puesto con poca esperanza de encontrar nada en el buscador del Google y descubrimos que Eduardo Martínez Vázquez no fue un vecino más, sino un vecino ilustre de profesión pintor que vivió un tiempo con nosotros, ya que su padre fue medico de la localidad.


Foto del banquete celebrado después en casa del señor alcalde.

Pasó su infancia en las localidades de Miradilla (Badajoz) y Paracuellos. Su padre aconsejado por sus maestros, decidió que realizara estudios artísticos en Madrid. A los quince años ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde fue discípulo de Muñoz Degrain y compañero de estudios de Solana, Zuloaga, Vázquez Díaz, Fernando Álvarez de Sotomayor y Eugenio Hermoso. En 1915 obtuvo la segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes con un cuadro titulado La plaza del Feudo y en 1924 la primera con su obra Las nieves del Cirbunal. A lo largo de su vida realizó gran número de exposiciones, tanto en España, como en el resto de Europa (Londres, París, Berlín Venecia, Bruselas) y América (Filadelfia, Pittsburg, Panamá, Buenos Aires, Rosario, Santiago de Chile, Montevideo).





En primer término sentado con bombín y bigote, el señor alcalde D. José María Meco y Moratilla. Justo detrás de él y con bigote un joven que dieciocho años después sería alcalde, Don Jesús Domínguez Muñoz y detrás de él aparece la figura emergente del pintor  Don Eduardo Martínez Vázquez


A partir de 1915 comenzó su actividad docente como profesor auxiliar de paisaje en la Escuela de Artes de San Fernando de Madrid, en 1939 fue nombrado catedrático interino de aire libre y en 1942 obtuvo por oposición la cátedra de paisaje.
Se mantuvo activo hasta 1955 en que hubo de renunciar a la pintura como consecuencia de un accidente cerebro vascular que le ocasiono una hemiplejia.
Fue miembro de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, Bellas Artes de Segovia y San Fernando de Madrid.



La mayor parte de su obra que está expuesta en diversos museos como el Museo de Bellas Artes de Sevilla, consistió en la representación de paisajes y tipos populares, sobre todo de la Sierra de Gredos, pero también de Andalucía, Galicia, País Vasco y Marruecos. Se le conoció como "El pintor de Gredos" por la repetida y entusiasta plasmación en sus cuadros de las cumbres, majadas y valles de esta sierra.
Su hijo Rafael Martínez Díaz (1915-1991) fue también un pintor reconocido.


 El Zocato.

Bibliografía:


- NÁJERA MARTÍNEZ, J.; YUSTE RICOTE, L. : Historias de Paracuellos de Jarama. (2016)